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La
confrontación regular con la muerte, los moribundos y
el duelo es una realidad a la que hacen frente la
mayoría de los médicos a lo largo de su vida
profesional. En la mayoría de los programas de
formación de médicos, esta realidad no suele
contemplarse de un modo adecuado: por ello, la atención
a los enfermos moribundos es a veces innecesariamente
dolorosa para todos los implicados. La tanatología es
el estudio de los procesos relacionados con las
reacciones ante la muerte, tanto del que está
muriendo, como de los que asisten dolorosamente al
proceso. Un área que guarda relación con ésta es el
estudio de las reacciones del personal sanitario ante
la muerte y el duelo en su trabajo con los pacientes y
cómo pueden llegar a entender sus propios temores y
sus sentimientos de pérdida.
EL
SIGNIFICADO DE LA MUERTE
Las
reacciones ante la muerte ependen, en parte, del
contexto. Por ejemplo, la muerte puede experimentarse
como predecible, o impredecible. La muerte esperada
implica que uno sabe que la vida dura aproximadamente
lo que, de hecho, dura; esencialmente, uno muere
cuando lo esperaba y los que asisten a esa muerte no
se ven sorprendidos por ella. En el esquema vital de
Erik Erikson, el último período de la vida conlleva
la lucha entre la integridad y la desesperanza. Según
Erikson, la resolución positiva del tener que
enfrentarse a una muerte inevitable incluye un
sentimiento de plenitud, paz e integridad, en lugar de
sentimientos de fracaso, horror y desesperación. En
la teoría de Erikson, sólo puede existir una
resolución positiva si se han resuelto
satisfactoriamente los conflictos propios de las fases
precedentes del desarrollo adulto.
La
muerte inesperada implica que ésta se produce de un
modo prematuro o inesperado, y los que presentan el
duelo sufren un gran shock. Este tipo de muerte suele
referirse a 1) la muerte de una persona joven, 2) la
muerte repentina, o 3) la muerte catastrófica,
relacionada con la violencia o los accidentes, y
situaciones incomprensibles.
La
muerte también puede calificarse como intencionada
(suicidio), no intencionada (trauma o enfermedad), y
subintencionada (abuso de fármacos, dependencia alcohólica,
consumo de cigarrillos). La muerte puede tener muchos
significados psicológicos distintos, tanto para el
moribundo como para la sociedad en general. Según la
formulación de Susan Sontag, la muerte puede llegar
incluso a tener el poder de una metáfora. Por
ejemplo, algunas personas ven la muerte como el
merecido castigo por lo que se percibe como una vida
inmoral y llena de pecado.
LA
MUERTE SÚBITA DE ORIGEN PSICÓGENO
Los
factores emocionales pueden ser suficientes para
provocar la muerte en ciertas personas que, por otro
lado, no presentan otro tipo de riesgo. Por ejemplo,
los infartos de miocardio pueden ocurrir cuando se
experimenta súbitamente un fuerte estrés. La muerte
del vudú o la muerte que se produce como consecuencia
del mal de ojo acontece cuando una persona de la que
se dice que tienen poderes para causar la muerte física
maldice a otra que también cree en sus poderes. En
estos casos, se ha propuesto que el eje
adrenal-pituitario-hipotalámico y el sistema nervioso
autónomo se hacen disfuncionales a causa del estrés
emocional, y provoca la suspensión de funciones
vitales. Salvo que un curador tradicional sea capaz de
deshacer el maeficio, la persona que lo sufre puede
llegar a morir.
REACCIONES
ANTE LA MUERTE INMINENTE
Algunos
investigadores han estudiado las reacciones ante la
muerte. Una de las primeras y más útiles
clasificaciones de las distintas reacciones ante la
muerte inminente fue la que realizó la psiquiatra y
tanatóloga Elisabeth Kübler-Ross. Rara vez un
paciente moribundo sigue una secuencia regular de
respuestas que puedan identificarse con claridad. Sin
embargo, las cinco fases que proponía Kübler-Ross se
encuentran ampliamente.
Fase
1 - Shock y negación
Cuando
se le comunica a un paciente que va a morir, la
primera reacción suele ser de shock. Los pacientes
suelen sentirse aturdidos al principio y luego se
niegan a creer el diagnóstico o la posibilidad de que
algo vaya mal. Algunos pacientes nunca logran superar
esta fase, y van de médico en médico hasta encontrar
a alguno que apoye su posición. El grado en el que la
negación puede ser una respuesta adaptativa o no
adaptativa depende de si el paciente continúa o no
con el tratamiento, incluso cuando niega la realidad
del diagnóstico. En estos casos, los médicos deben
dar al paciente y a su familia, de un modo respetuoso
oy directo, información general sobre el carácter de
la enfermedad, su pronóstico y las distintas opciones
de tratamiento. Una comunicación efectiva presupone
que se toleren las respuestas emocionales del
paciente, y que se le asegure que no va a ser
abandonado.
Fase
2 - Ira
Los
pacientes se sienten frustrados, irritables y coléricos
por estar enfermos. Una pregunta típica es: "¿Y
por qué a mi?". Pueden sentirse coléricos
contra Dios, contra su destino, algún amigo o algún
miembro de su familia; incluso llegan a culparse a sí
mismos. A veces la cólera se desplaza hacia el
personal hospitalario o los médicos, a los que se
ataca por la enfermedad. Los pacientes en este estado
son difíciles de tratar. El médico que tenga
dificultades para comprender que la ira es una
respuesta esperable, y que realmente se ha producido
un desplazamiento, puede llegar a abandonar al
paciente o a ponerlo bajo la atención de otro colega.
El tratamiento de la rabia de los pacientes implica
comprender que ésta no puede tomarse como nada
personal. La cólera suele disminuir si uno se
enfrenta a ella con respuestas no defensivas y
comprensivas: se ayuda así también al paciente a
reenfocar los sentimientos profundos (p.ej., duelo,
miedo, soledad) que subyacen en la rabia. También, el
médico debe reconocer que esa cólera puede
representar los intentos de pacientes de dominar una
situación a lo cual se sienten completamente fuera de
control.
Fase
3 - Negociaciones
Los
pacientes pueden intentar negociar con los médicos,
los amigos, e incluso con Diossi se produce la curación,
ellos cumplirán tal o cual promesa, tales como obras
de caridad o asistir a la iglesia regularmente. Otro
aspecto de estas negociaciones, es que los pacientes
pueden creer que los médicos, si él es un buen
efermo (complaciente, que no discute, cariñoso), lo
tratarán mejor. El tratamiento con este tipo de
pacientes consiste en hacerles entender que van a ser
tratados lo mejor posible, hasta donde lo permitan las
posibilidades del médico y que se hará cuando esté
en su mano, con independencia de la conducta o de
cualquier otra acción del paciente. El enfermo debe
ser animado a participar activamente en el problema y
comprender que ser un buen paciente significa ser lo más
honesto y directo posible.
Fase
4 - Depresión
En
la cuarta fase, los pacientes muestran claros síntomas
de depresión -abandono, retardo psicomotor, problemas
de sueño, desesperanza y , posiblemente, pensamientos
suicidas. La depresión puede ser una reacción contra
lo que la enfermedad ha podido provocar en su vida
(p.ej., la pèrdida del trabajo, apuros económicos,
falta de ayuda, soledad y aislamiento de amigos y
familiares), o bien puede ser la anticipación de la pérdida
de la vida que se producirá al final. Si aparece una
depresión profunda con signos vegetativos y
pensamientos suicidas, puede estar indicado el
tratamiento con antidepresivos o con terapia
electroconvulsiva (ECT). Todas las personas sienten an
algún grado tristeza ante la perspectiva de su propia
muerte, y la tristeza normal no requiere ningún tipo
de intervención biológica. Sin embargo, los
trastornos depresivos profundos y los pensamientos
suicidas activos pueden aliviarse, y no deben ser
aceptados como consustanciales al conocimiento de la
muerte próxima. Si se sufre una depresión profunda,
es poco probable que se pueda mantener la esperanza.
La esperanza puede llegar a retrasar la muerte y
fomenta la dignidad y la calidad de vida del paciente.
Fase
5 - Aceptación
Los
pacientes llegan a aceptar que la muerte es inevitable
y la entienden como una experiencia universal. Sus
sentimientos pueden variar desde la neutralidad hasta
la euforia. En circunstancias ideales, el paciente
resuelve sus sentimientos sobre la inevitabilidad de
la muerte y es capaz de hablar de ello y de
enfrentarse a lo desconocido. Las personas que tienen
profundas creencias religiosas y que están
convencidas de que existe una vida futura después de
la terrena, pueden encontrar consuelo en la máxima
religiosa: no temas a la muerte; acuérdate de los que
se han ido antes que tú, y de los que te seguirán.
LA
ATENCIÓN DEL PACIENTE MORIBUNDO
La
habilidad de los médicos para atender compasiva y
efiazmente a un paciente moribundo depende, en gran
medida, de la firmeza de sus propias actitudes ante la
muerte y el hecho de morir. Algunos médicos tienen
actitudes disfuncionales hacia la muerte y los
moribundos, que suelen verse reforzadas por el
tipo de enseñanza que reciben. Cuando la formación
se basa casi exclusivamente ne el control y la
erradicación de la enfermedad a expensas de la atención
y la comodidad de la persona enferma, la muerte y el
paciente moribundo se convierten en enemigos. En otras
palabras, puede llegarse a pensar que la muerte y el
moribundo son consecuencia de un fallo personal y, por
ello, reflejan las limitaciones y la inadecuación del
médico. Cuando ocurre esto, no es infrecuente que se
evite el contacto con pacientes moribundos o que éstos
provoquen una especie de irritación, impaciencia y
miedo.
A
causa de sus conocimientos extensos sobre el cuerpo
humano y su experiencia técnica para controlar muchas
enfermedades, los médicos pueden llegar a sentirse
inconscientemente omnipotentes a la hora de prevenir
la muerte. Cuando estos médicos tienen que
enfrentarse a ella, pueden sentirse traicionados y a
la defensiva: su imagin se ha visto gravemente dañada.
Estos médicos ven a los pacientes moribundos como
recordatorios de su propia falibilidad.
Algunos
médicos iniciaron sus estudios de medicina movidos
por sentimientos inconscientes de miedo a la muerte.
Estos médicos esperan, sin conciencia de ello, que, a
través del estudio y la destreza médica, pueden
conseguir algún tipo de control sobre su propia
mortalidad. Aunque estos médicos tienen en alguna
ocasión que enfrentarse a pacientes que mueren,
sienten tal grado de ansiedad, que experimentan una
fuerte necesidad de evitar el contacto con
enfermos moribundos. Estos médicos pueden intentar
enfrentarse con su miedo a la muerte a través de una
profunda intelectualización; por ejemplo, pueden dar
al paciente detalles poco importantes y con frecuencia
innecesarios sobre el día a día de las vicisitudes
de la enfermedad, mientras tratan de evitar cualquier
conversación sobre los temores, las preocupaciones y
los sentimientos del paciente.
La
tarea fundamental del médico que se ocupa de atender
a enfermos terminales es proporcionarles una atención
compasiva y un apoyo contante. Los puntos esenciales
de una atención apropiada son visitar al paciente de
forma regular, mirarle a los ojos, tocarlo, escuchar
lo que el paciente quiere decir y tratar de contestar
a cualquier pregunta de la manera más respetuosa
posible. Lo más importante es saber ser honesto y
tener tacto. La mayoría de los pacientes desean que
su médico les diga la verdad; por ejemplo, prefieren
saber que tienen cáncer. Decir la verdad no excluye
que se puedan tener esperanzas. Si el 85% de la gente
que sufre una enfermedad dada muere en el plazo de 5 años,
también es cierto que otro 15% sigue viviendo después
de ese tiempo. Además, es posible que no todos los
pacientes quieran saber detalles concretos sobre su
enfermedad. El médico debe preguntar al paciente
hasta qué grado quiere conocer su enfermedad y debe
responder de acuerdo a los deseos del paciente.
El
grado de conocimiento de la enfermedad que tiene el
paciente, su familia y el personal hospitalario varían
en extensión. Podríamos concretar cuatro tipos de
conciencia: conciencia abierta, en la cual el
personal médico, la familia y el paciente son
perfectamente conscientes del diagnóstico,
tratamiento y pronóstico de la enfermidad, conciecia
que simula no saber, en el que esas mismas
personas lo saben, pero pretenden que no lo saben; conciencia
sospechosa, en el que todos lo saben excepto el
paciente, que sospecha la verdad; y conciencia
cerrada, en la que todo el mundo, menos el
paciente, lo sabe. Los hospitales tienden a que el
conocimiento sea abierto, siempre que pueda ser
tolerado por todas las personas implicadas; pero
algunos pacientes terminales pueden preferir no saber
la verdad sobre su estado, y este deseo debe
respetarse. Sin embargo, hay que hacer todos los
intentos posibles, de un modo educado y respetuoso,
para animar al paciente y a su familia a que hablen
abiertamente. Muchas veces, lo que parece ser un
rechazo a hablar sobre la muerte inminente puede ser,
de hecho, miedo al aislamiento o al rechazo o, a que
se percibe sin, falta de valor.
Hay
que tener en cuenta tambiéon otros factores en la
atención al paciente moribundo. El control del dolor
debe ser enérgico en la fase terminal. Un moribundo
debe poder seguir funcionando con tanta efectividad
como permita su enfermedad. Esto es relativamente fácil
de hacer cuando el enfermo está relativamente libre
de dolor. El médico debe usar tantos narcóticos como
se necesiten y se puedan tolerar para que el paciente
pueda atender sus cometidos con un mínimo de
incomodidad. Además, el médico no debe personalizar
las quejas de un envermo que podría estar en la fase
de cólera, y debe ayudar a los miembros de la familia
a enfrentarse a los sentimientos que provoca en ellos
la muerte inminente del enfermos. Para muchos
pacientes, su familia es la fuente fundamental de
apoyo emocional y se entienden con ella mucho mejor y
con más fluidez que con el médico que le atiende.
Intervenciones
familiares
El
primer paso en el trabajo con la familia del paciente
moribundo es establecer una alianza con ella. Esto
puede lograrse dejando que los miembros de la familia
hablen de sus propias vidas y preocupaciones, y
mostrando cierta comprensión hacia ellos. El médico
debe tratar de evaluar hasta qué punto la familia
quiere que se la oriente y se la ayude, y hasta que
punto desea ser autónoma.
Cuando
se sufre un gras estrés externo, cual es la muerte
inminente de un miembro de la familia, los conflictos
familiares pueden intensificarse. El médico puede ser
de utilidad para ayudar a la familia a centrarse en la
mejor manera de hacer frente al estrés exterior, en
lugar de la mutua culpabilización y la discursión.
La apertura de canales de comunicación entre los
miembros de la familia puede servir de ayuda.
La
familia puede negarse a hablar con el enfermo
moribundo acerca de su muerte inminente, por miedo a
sentirse demasiado afectados o afectan al paciente. De
la misma manera, el enfermo moribundo puede tratar de
evitar el hablar sobre su propia muerte por temor a
agobiar a la familia. En situacioens como éstas, el médico
puede hacer saber a las dospartes los sentimientos de
los otros y puede animarles a hablar, e incluso sacar
este tema cuando todos estén juntos.
LAS
ACTITUDES FRENTE A LA MUERTE A LO LARGO DEL CICLO
VITAL
Las
distintas etapas del desarrollo cognitivo y emocional
de los niños desempeñan un papel fundamental en su
percepción, interpretación y comprensión de lo que
es la muerte. La habilidad de los niños para entender
lo que es la muerte refleja su habilidad general para
entender los conceptos abstractos. Los niños en el
período preescolar menores de 5 años (fase
preoperativa de Jean Piaget) son animitas (creen que
todo, incluso las cosas inanimadas, está vivo) y sólo
entienden la muerte como una especie de separación
parecida al sueño. Entre los 5 y los 10 años
(ooperaciones concretas), los niños van desarrollando
la percepción de la muerte como algo inevitable;
temen que sus padres mueran y ellos queden
abandonados. Hacia los 9 o 10 años, el niño es capaz
de conceptualizar la muerte como algo universal,
irreversible e inevitable, como hacen los adultos.
En
contraste con lo que ocurre en otras partes del mundo,
los padres de clase media en Estados Unidos tratan de
evitar que sus hijos conozcan la existencia de la
muerte. El aire de misterio que envuelve a la muerte
en estos casos puede crear un terror irracional en los
niños, que es justo lo contrario de lo que se
pretende.
Los
adolescentes suelen estar preocupados por todo lo que
tenga que ver con su imagen y con el control del mundo
externo; de ahí que los adultos suelan considerar que
sus preocupaciones son más triviales que la muerte en
si misma. A veces, puede ser muy difícil atender a un
adolescente moribundo, a causa de su intensa necesidad
de independencia y control.
Los
adultos jóvenes (en la etapa que Erikson definió
como intimidad frente a aislamiento) están en un
proceso de desarrollar nuevas e intensas relaciones.
Pueden preocuparse por temas tales como la posibilidad
de no llegar a casarse nunca ni de tener hijos y ,
como consecuencia de ello, sienten la amenaza del
posible aislamiento futuro. Los adultos jóvenes
padres temen que su muerte prematura deje a sus hijos
solos. También temen no poder llegar a vivir la
experiencia de ser abuelos.
Los
adultos de edad mediana (en la fase de Erikson de
generatividad frente a un estancamiento) pueden
sentirse frustrados en sus expectativas de
involucrarse en las futuras generaciones y de poder
disfrutar de un placer trabajosamente conseguido.
Las
personas ancianas, que se enfrentan a lo que Erikson
llamaba conflicto entre la integridad y la desesperación,
deben enfrentarse a la realidad cada vez más intensa
de su propia muerte a través del fallecimiento de
amigos y familiares.
Los
niños que sufren enfermedades mortales provocan un
extraordinario grado de estrés en las personas que
los atienden, sean estas sus padres, su familia, el
personal sanitario o el médico. Para que el niño
reciba una atención óptima, es preciso que la
persona que lo atiende sean consciente y esté segura
de sí misma. La separación del niño de su madre
cuando hay que hospitalizarlo puede ser incluso más
traumática que la propia enfermedad. Como destacó
John Bowlby, la presencia de sus padres o de otra
persona que para el niño tenga un significado
parecido en su habitación del hospital puede ayudar a
alivaiar la ansiedad del niño y facilitar la atención
médica necesaria. |