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DUELO,
LUTO Y SENTIMIENTO DE PÉRDIDA Los
términos duelo ("grief", luto
("mourning") y sentimiento de pérdida
("bereavement") se aplican a las reacciones
psicológicas de las personas que se enfrentan a una pérdida
significativa. El duelo es el sentimiento subjetivo que
provoca la muerte de un ser querido. El término suele usarse
como sinónimo de luto, aunque, de manera estricta, luto hace
referencia al proceso a través del cual se resuelve el duelo;
es la expresión social del comportamiento y las prácticas
posteriores a la pérdida. Sentimiento de pérdida
literalemnte es el estado de sentirse privado de alguien a
causa de la muerte e implica vivir un luto. Al margen de los
matices que distinguen estos términos entre sí, las
similitudes en la experiencia del duelo y la pérdida son
suficientes como para considerar esta experiencia como un
síndrome, que como tal presenta síntomas, manifestaciones,
un proceso específico y una esperada resolución. El
duelo puede surgir como resultado de distintos tipos de
pérdida, además de la pérdida de una persona querida. Se
incluye aquí la pérdida de status, de una figura nacional o
de un animal doméstico. La expresión del duelo abarca un
amplio abanico de emociones, que dependen de las normas y
expectativas culturales (p.ej., algunas culturas estimulan o
exigen una expresión emocional intensa, mientras que en otras
se espera justo lo contrario) y de las circunstancias de la
pérdida (p.ej., una muerte inesperada y repentina, frente a
una muerte claramente anticipada). El trabajo de duelo es
un proceso psicológico complejo de deshacer los lazos
contraídos y enfrentarse al dolor de la pérdida. Duelo y
sentimiento de pérdida. Características
de un duelo normal El
duelo no complicado es una respuesta normal, a la vista del
carácter predecible de sus síntomas y de su desarrollo. Al
principio del duelo sele experimentarse una especie de
aturdimiento y perplejidad. Esta aparente dificultad para
comprender el alcance de lo que ha ocurrido suele ser breve.
Va seguida por expresiones de dolor y malestar tales como el
llanto y los suspiros, si bien entre las culturas occidentales
este tipo de comportamiento es màs habitual en mujeres que en
hombres. Aparecen también sensación de debilidad, pérdida
del apetito, pérdida de peso, dificultad para concentrarse,
respirar y hablar. Los problemas de sueño suelen manifestarse
como dificultad para dormirse, despertarse en medio de la
noche o despertarse demasiado pronto. Con frecuencia se sueña
con la persona fallecida y la persona experimenta un gran
desconsuelo al despertarse y comprobar que sólo se trataba de
un sueño. Es
también frecuente el autorreproche, aunque es menos intenso
en un duelo normal que en uno patológico. Este tipo de
reproches suele centrarse en actos relativamente triviales que
se hicieron o se dejaron de hacer al difunto. Las personas que
se sienten aliviadas de que sea la muerte de otro la que se ha
producido, y no la propia, pueden sentir la llamada culpabilidad
del superviviente. El superviviente cree a veces que es é
quien debería haber muerto, y no el otro, y (si este
sentimiento persiste) puede tener problemas para establecer
nuevas relaciones por temor a traicionar al difunto. También
tienen lugar distintas formas de negación a lo largo del
proceso de duelo; con frecuencia, la persona que vive el duelo
reacciona o se comporta como si la muerte no se hubiera
producido. Los intentos de perpetuar la relación perdida
suelen manifestarse en actitudes tales como seguir comprando
objetos que gustaban al difunto o que se lo recuerdan (objetos
de vínculo). La
sensación de presencia del fallecido puede ser tan fuerte que
provoque ilusiones o alucinaciones (tales como oír la voz del
difunto o sentir su presencia). En un duelo normal, la persona
se da cuenta de que estas percepciones no son reales. Como
parte de lo que se ha llamado fenómenos de identificación,
el superviviente puede adoptar cualidades, gestos y
características de la persona fallecida, con el objeto de
perpetuarla de una manera concreta. Estas maniobras pueden
alcanzar expresiones potencialmente patológicas, como la
aparición de síntomas similares a los que sufrió el
fallecido o la sugestión de que se padece también la
enfermedad que fue causa de su muerte. John
Bowlby planteó cuatro hipotéticas fases en el duelo: la fase
1 es la fase inicial de intensa desesperación,
caracterizada por el aturdimiento y la protesta. La negación
puede aparecer inmediatamente, y también son frecuentes la
cólera y la disconformidad. Esta etapa puede durar momentos o
días, y la persona que vive el duelo puede recaer en ella
varias veces a lo largo del proceso de luto. La fase 2
es de intensa añoranza y búsqueda de la persona fallecida.
Se caracteriza por la incapacidad de descansar físicamente y
la preocupación obsesiva por el fallecido. Esta fase puede
durar varios meses, e incluso años, aunque de forma más
atenuada. En la fase 3, que ha sido llamada la de
desorganización y desesperación, la realidad de la pérdida
empieza a asentarse. Se tiene la sensación de moverse
arrastrado por las circunstancias, y la persona en duelo
parace desconectada, apática y sin intereses. Suelo padecerse
insomnio y pérdida de peso, así como la sensación de que la
vida ha perdido sentido. La persona en duelo revive
constantemente recuerdos del fallecido; se sufre una
inevitable sensaciòn de desconsuelo cuando se constata que se
trata sólo de recuerdos. La fase 4 es una etapa de
reorganización, en la que los aspectos más dolorosamente
agudos del duelo comienzan la recesión y se experimenta la
sensación de volver a incorporarse a la vida. La persona
fallecida se recuerda ahora con alegría, y también con
tristeza, y se consigue internalizar su imagen. C.
M. Parkes describió cinco etapas en el duelo: 1) Alarma
-un estado de estrés que implica cambios fisiológicos, como
el aumento de la tensión sanguínea y de la frecuencia
cardíaca- y que es, en cierto modo, similar a la primera fase
de Bowlby de protesta, miedo y rabia. 2) Aturdimiento,
un estado en el que la persona en duelo aparentemente parece
no sentir la pérdida aunque, en realidad, trata de protegerse
a sí misma del agudo malestar que esa pérdida le produce. 3)
Aprehendimiento o busqueda, la persona busca o está
continuamente pensando en el fallecido. Pueden manifestarse
las ilusiones o alucinaciones sobre la persona perdida que se
comentaron anteriormente (a veces llamadas pseudoilusiones o
pseudoalucinaciones, porque la persona que las experimenta las
reconoce inmediatamente como tales). Esta fase se corresponde
aproximadamente con la segunda fase de añoranza y búsqueda
de Bowlby. 4) Depresión, las personas pierden las
esperanzas en el futuro, no tienen ganas de vivir y tienden a
apartarse de su familia y amigos. 5) En la etapa final, de la recuperación
y reorganización, la persona reconoce que su vida debe
continuar con ciertos ajustes y distintas metas. Eric
Lindeman, después del incendio de Coconut Grove en 1944,
describió lo que para él eran signos patognomónicos de un
intenso desconsuelo y de las respuestas emocionales del
superviviente. La descripción de sus respuestas ante el shock
de la pérdida se ha considerado un paradigma de las
reacciones de duelo que se manifiestan ante una pérdida
situacional. Entre los síntomas agudos de Lindeman se
encontraban el malestar somático, la preocupación obsesiva
por los fallecidos, la culpabilidad, la hostilidad y la
desapariciín de la capacidad de actuar positivamente. Otros
investigadores han descrito las respuestas de duelo como parte
integrante de un corpus general de respuestas ante la crisis y
han hecho especial hincapié en que los primeros y más agudos
síntomas no siempre predicen correctamente la intensidad de
las reacciones posteriores. Ellen Bassuk y Ann birk subrayaron
tres factores clave de los que depende la capacidad de una
persona para integrar con éxito un acontecimiento crítico:
1) el grado en el que se reconoce la realidad de lo que ha
ocurrido y se aprehende sus consecuencias, 2) la flexibilidad
y la efectividad de las destrezas adaptativas de la persona y
3) la posibilidad de encontrar consuelo y la disposición a
recurrir a él. La
duración del duelo Así
como las personas manifiestan su duelo de manera muy distinta,
los síntomas, signos y fases del duelo y el sentimiento de
pérdida no son tan discretos como parecen implicar sus
caracterizaciones. En cualquier caso, las manifestaciones del
duelo suelen perdirar en el tiempo. La duración y la
intensidad del duelo, sobre todo en su fase más aguda,
dependen de si la muerte se ha producido de un modo más o
menos repentino. Si la muerte se produce sin aviso previo, el
shock y la negación pueden durar mucho tiempo; si la muerte
se esperaba desde tiempo atrás, gran parte del proceso de
duelo puede haberse llevado a cabo antes de que la muerte
llegue a producirse. Tradicionalmente, el duelo dura entre 6
meses y un año, y termina al cumplirse el primer año sin el
fallecido. Algunos signos o síntomas del duelo pueden
persistir mucho más allá de uno o dos años, y es posible
que ciertos sentimientos, síntomas y conductas permanezcan
para toda la vida. Al final, sin embargo, los duelos normales
se consiguen resolver, y la persona recupera su ánimo
productivo y de relativo bienestar. Por lo general, los
síntomas agudos del duelo van perdiendo fuerza gradualmetne,
y a los dos meses del fallecimiento, la persona en duelo es
capaz de dormir, comer y volver a funcionar. El
duelo anticipatorio El
duelo anticipatorio es el que se expresa ante una pérdida
percibida como inevitable, y es distinto del duelo que se
produce a continuación de una pérdida. Por definición, el
duelo anticipatorio termina cuando se produce realmente el
fallecimiento, independientemente de la reacciones que
pudieran aparecer a partir de entonces. A diferencia del duelo
convencioal, que disminuye de intensidad según el grado en
que la muerte esperada sea más o menos inminente. En algunas
ocasiones, especialmente cuando la muerte esperada se retrasa,
el duelo anticipatorio ha terminado, la persona puede tener
dificultades para restablecer la relación interpersonal
previa con el moribundo; éste es un fenómeno que también se
produce al regreso de personas que han estado ausentes mucho
tiempo (p.ej., en combates o en campos de concentración) o de
personas que se creían muertas. El
duelo patológico (anormal) Algunas
personas sufren un duelo y período de luto anormales. El
duelo patológico puede adoptar diversas formas, que van desde
la ausencia o retraso en la aparición del duelo hasta un
duelo excesivamente intenso y prolongado que suele asociarse a
intenciones suicidas o síntomas abiertamente psicóticos. El
mayor riesgo de sufrir un duelo de características
patológicas lo tienen aquellas personas que sufren una
pérdida repentina o que se produce en condiciones horribles,
los que están aislados socialmente, los que se sienten
responsables (reales o imaginarios) de la muerte, los que
arrastran historias de pérdidas traumáticas y los que tienen
una intensa relación de ambivalencia o dependencia con la
persona fallecida. El
duelo diferido, inhibido o negado. El
duelo diferido, inhibido o negado es la ausencia de la
expresión de duelo en el momento de la pérdida, cuando se
espera que se manifieste. En algunos casos, el duelo
sencillamente se retrasa hasta que no puede evitarse por más
tiempo. Existen
grandes diferencias entre unas personas y otras en lo relativo
a la necesidad de ocultar el duelo. Las influencias familiares
y culturales afectan en lmodo en que una persona expresa
públicamente su duelo. Mientras que algunos admiran el
absoluto control de las emociones, otros grupos sociales y
culturales consideran normal el llanto, las lamentaciones y
los desmayos. De ahí que sea difícil estimar el alcance del
duelo de una persona atendiendo sólo a su apariencia externa,
sin conocimiento de sus antecedentes. La
inhibición o la negación del duelo es potencialmente
patógena porque la persona que lo sufre evita enfrentarse a
la realidad de la pérdida. La presencia de una falsa euforia
sugiere que el duelo está siguiendo un curso patológico. Las
reacciones de inhibición o negación del duelo siembran el
terreno para la aparición de consecuencias desafortunadas
como la percepción continuada de síntomas físicos similares
a los que causaron la muerte del fallecido y las reacciones
desmedidas en el primer aniversario de su mierte o en otras
ocasiones que, por algún motivo, fueran de especial
relevancia para aquél. El duelo inhibido o negado puede a
veces desplazarse hacia otras pérdidas que, aunque
aparentemente insignificantes en sí mismas, pueden simbolizar
la pérdida original. Una minifestación de este
desplazamiento puede ser la hiperreacción ante los problemas
de otra persona. Algunas
relaciones interpersonales son lo bastante negativas como para
que la respuesta normal sea la de un duelo mitigado e incluso
ausente, al margen de su expresión pública. En estas
ocasiones, la muerte del cónyuge o de un padre, puede ser
decididamente positiva para el que las sobrevive. Hiperidentificación
o psicosis en el duelo Otra
forma anormal del duelo se produce cuando algunos de los
aspectos normales de un duelo se distorsionan o intensifican
hasta adquirir proporciones psicóticas. Es normal que se
produzca una cierta identificación con el fallecido, tal como
adoptar algunos rasgos que se admiraban en él, o atesorar sus
pertenencias; el creer que no mismo es el muerto o que se
está muriendo de la misma exacta manera que se murió el
difunto (por supuesto, no es cierto) no es normal. Oír la voz
efímera y transitoria del fallecido puede ser normal; las
alucinaciones auditivas complejas y persistentes no son
normales. Es normal que se nieguen algunos aspectos de la
muerte; la negación que implica la certeza de que la persona
muerta está viva no es normal. Duelo
versus depresión Tanto
la depresión como el duelo pueden manifestarse con tristeza,
llanto y tensión expresada en forma de retardo o agitación
psicomotriz. También son comunes a ambas condiciones la
pérdida de apetito y peso, el insomnio, la pérdida de
interés sexial y el abandono de actividades externas. Sin
embargo, conforme pasa el tiempo, la persona que sufre un
duelo va experimentando un cambio en su ánimo, que evoluciona
desde la tristeza hacia la normalidad y encuentra cada vez
más satisfacción en las experiencias vitales. La
autoinculpación suele centrarse en lo que se hizo o se dejó
de hacer a la persona fallecida, mientras que los
autrorreproches de las personas deprimidad suelen expresar que
se sienten mal, carentes de sentido y malvados. La conducta
normal de lapersona que experimenta el duelo suele despertar
instintivamente sentimientos de simpatía, apoyo y consuelo en
los otros, y ella misma demuestra algún tipo de respuesta y
agradecimiento hacia ellos. En contraste, las quejas y los
lamentos de las personas deprimidas pueden irritar y aburrir a
la persona que las oye. En el caso de un duelo normal, las
respuestas son consideradas apropiadas y normales tanto por la
persona que lovive ocmo por los que la rodean; en la
depresión, este tipo de respuestas inmediatamente hacen
saltar la sospecha de que hay algo raro en lo que está
pasando. Las
personas que han sufrido cuadros depresivos con anterioridad
tienen una mayor tendencia a volver a experimentar depresión,
en lugar del duelo normal, cuando se produce una pérdida
importante; de ahí que la historia clínica de la persona en
duelo pueda ayudar a juzgar sus reacciones. Las personas
deprimidas hacen más intentos de suicidio que las personas en
duelo, quienes, salvo en extraordinarias circunstancias -por
ejemplo, dependencia física del fallecido en personas de
edad- no desean realmente morir, aunque aseguren que la vida
se les hace insoportable. Sentimientos marcados de inutilidad,
deterioro funcional extenso y retardo psicomotor sugieren más
un trastorno depresivo serio que un duelo no complicado. Los
síntomas psicóticos francos, tales como alucinaciones e
ilusiones, más que componentes de un duelo normal, pueden ser
síntomas de un trastorno mental más grave. El
médico debe determinar cuándo el duelo se ha hecho
patológico y ha evolucionado a trastorno depresivo mayor. El
duelo es un proceso normal, aunque extremadamente doloroso,
que responde bien al apoyo, la comprensión y el paso del
tiempo. El trastorno depresivo mayor es potencialmente una
urgenica que se puede requerir intervención inmediata para
impedir complicaciones posteriores, como el suicidio. El
enfermo puede necesitar ser ingresado o que se le administre
medicación antidepresiva. El
duelo en los niños Bowlby
también estudió el proceso del duelo en los niños. El
proceso es bastante similar al de los adultos, especialmente
si el niño es capaz ya de comprender lo irreversible de la
muerte. El proceso del duelo se parece al de la separación,
ya que ambos tienen tres fases: protesta, desesperación y
despego. En la fase de protesta el niño siente un
intenso deseo de estar con su madre o con la persona que le
cuidaba y que ha fallecido y llora suplicando su regreso: en
la fase de desesperación, el niño comienza a sentir que no
hay esperanzas de que vuelva, el llanto se hace intermitente y
se sumerge en un estado de abandono y apatía. En la fase del
despego, el niño empieza a renunciar a parte del apego
emocional que sentía hacia su madre o padre muertos y muestra
un cierto despertar en su interés por lo que le rodea. Al
tratar a un niño en proceso de duelo, el médico debe
identificar la necesidad del niño de encontrar a alguien que
sustituya a la persona que ha muerto. Es posible que el niño
transfiera su necesidad de padres no a un solo adulto, sino a
varios. Si no encuentra a nadie que pueda satisfacer sis
necesidades, es posible que sufra un fuerte daño psicológico
y deje de buscar o de esperar algún tipo de intimidad en sus
relaciones futuras. La evidencia de que los episodios
depresivos y los intentos de suicidio son mucho más
frecuentes en adultos que en su primera infancia perdieron a
un padre revela la importancia de controlar los duelos en los
niños. Una
pregunta que suele hacerse es si el niño debe o no asistir a
los funerales de sus padres y, lo cierto, es que no hay una
respuesta clara y unívoca. La mayoría de los expertos dicen
que si el niño manifiesta su deseo de asistir, debe
respetarse su decisión; si el niño se muestra indeciso o no
quiere ir claramente, también debe ser respetado. En la mayor
parte de los casos, lo mejor es intentar persuadir al niño
para que vaya, para que ese ritual no puede envuelto en un
misterio o una fantasía distorsionada que le atemorice. El
duelo en los padres Los
padres reaccionan ante la muerte de un hijo o el nacimiento de
un hijo malformado en una serie de fases similares a las que
describió Kübler-Ross en las enfermedades terminales: shock,
negación, rabia, negociación, depresión y aceptación. La
muerte de un niño suele ser una experiencia emocional más
intensa que la de un adulto. Los sentimientos de culpabilidad
y de impotencia pueden hacerse insoportables; los padres
pueden llegar a pensar que de alguna manera no protegieron a
sus hijos y los han abandonado de un modo antinatural. Una
causa adicional de dolor puede ser la pérdida de las
esperanzas, los deseos y las expectativas que se habían
puesto en la nueva generación. Las manifestaciones de este
duelo pueden arrastrarse durante toda la vida. La
muerte repentina es siempre más traumática que la muerte
prolongada, porque en este último caso es posible hacer un
duelo anticipatorio antes de que la muerte llegue a
producirse. Los padres suelen hacerse hiper-protectores, o
colmar a su hijo de todos los regalos que antes le habían
negado. El estrés de enfrentarse a la muerte de un hijo puede
ser motivo de ruptura de aquellos matrimonios que tenían
algún tipo de conflicto. Un padre puede culpar al otro por la
enfermedad del niño, sobre todo si ésta es de base
hereditaria. El médico debe estar atento a estos patrones de
disensión. Los estudios indican que más del 50% de los
matrimonios en los que muere un hijo o nace un niño deformado
acaban en divorcio. Psicodinámica En
1917 - Freud escribió en Duelo y melancolía que el duelo
normal se produce porque la líbido abandona el apego que
sentía hacia el objeto perdido. En el duelo normal,
la´pérdida se percibe claramente y sin ambivalencias, y la
persona muerta consigue, a través del proceso de duelo,
internalizarse como un objeto amado y amoroso. En el duelo
anormal (melancolía) no se abandona el objeto perdido, sino
que se incorpora a la psique del sujeto como un objeto
infundido de sentimientos negativos. Estos sentimientos
negativos hacia la persona que ha muerto son vividos como
propios, y el sujeto se deprime, pierde su autoestima, no ve
sentido a su vida, se acusa a sí mismo, y llega a presentar
expectativas delirantes de castigo. La distinción freudiana
entre duelo y melancolía sigue siendo válida -es decir, una
exagerada pérdida de la autoestima no debe de la autoestima
no debe formar parte de un duelo normal. Otros
teóricos del psicoanálisis han concedido especial
importancia al papel que desempeña la dinámica inconsciente
en las reacciones de duelo. Cuanto mayor sea el papel de los
factores inconscientes y ambivalentes (tales como la cólera
contra el fallecido), mayor probabilidad habrá de que se
produzca una reacción de duelo anormal. Karl Abraham
describió la introyección de un objeto amado de un modo
ambivalente y la consiguiente dirección de la rabia hacia el
objeto introyectado. El
duelo y la enfermedad médica Existe
evidencia probada de que durante la fase de duelo, el sujeto
vive un estado de desequilibrio biológico que lo hace
físicamente vulnerable. La evidencia clínica y los hallazgos
de investigación apoyan la hipótesis de que el duelo es un
factor en el desarrollo de un amplio espectro de trastornos
físicos y emocionales que incluye enfermedades fatales. Si
compararamos a los familiares de personas fallecidas con
familiares de personas que siguen viviendo (agrupándolos por
edad, sexo y estado civil) se observa que las personas en
duelo presentan un índice de mortalidad mucho mayor durante
el primer año desde la muerte del familiar, y el índice más
alto se observa en los viudos y viudas. Durante la fase de
duelo, los viudos y viudas asisten mucho más a la consulta
médica por distintas razones de lo que lo hacían antes de la
muerte de sus cónyuges. Los ancianos, sobre todo, tienden a
reaccionar con manifestaciones somáticas. El
papel del médico en el duelo. El médico desempeña un
importante papel al tratar con los viudos, parientes o amigos
del fallecido. En primer lugar, el médico debe preparar a la
familia ante la eventualidad de que se produzca la muerte.
Cuando la muerte se ha producido, el médico debe animar a la
familia a ventilar sus sentimientos. Si se inhibe esta
expresión emocional, con toda probabilidad estos sentimientos
se manifestarán intensamente más tarde. La resolución del
duelo es mucho más favorable cuando la persona que lo vive
puede interaccionar con otros que comparten o comprenden sus
sentimientos de pérdida. Las
personas que viven un duelo normal, rara vez buscan ayuda
psiquiátrica, porque consideran que sus reacciones y su
conducta son apropiadas. De la misma manera, el médico
asistente no debe recomendar de modo rutinario a la persona
que vive un duelo que vaya a la consulta psiquiátrica, salvo
si observa reacciones marcadamente divergentes de la pérdida.
Por ejemplo, en condiciones normales la persona que sufre un
duelo no hará tentativas de suicidio. En el caso de que el
intento de suicidio se produjera, será necesaria la atención
psiquiátrica. Cuando
se solicita ayuda profesional, ésta suele limitarse a pedir
al médico de cabecera que recete somníferos. Un sedante
suave que ayude a inducir el sueño puede ser indicado en
algunas situaciones, pero rara vez está indicado el uso de
medicación antidepresiva o de ansiolíticos en un proceso de
duelo normal. Es preciso que la persona viva su duelo, por
doloroso que sea, para que consiga superarlo. El narcotizar al
paciente por medio de fármacos puede interferir un proceso
natural que conduce a la superación positiva del duelo. El
control del duelo y la terapia Como
las reacciones del duelo pueden llegar a desencadenar
trastornos depresivos o duelos patológicos, en ocasiones
resulta útil llevar a cabo sesiones específicas para
aconsejar a las personas que viven un duelo. La terapia del
duelo es una técnica crecientemente valorada. En sesiones
regularmente programadas, se anima a la persona que vive el
duelo, a expresar sus sentimientos de pérdida y los que
siente hacia la persona desaparecida. Muchas de estas personas
tienen dificultades para reconocer y verbalizar su enfado
hacia el desaparecido, y necesitan que se les asegure que
estos sentimientos son normales. Normalmente,
durante una terapia de duelo se establecen lazos especiales
con el terapeuta; este sentimiento proporciona a la persona en
duelo un apoyo temporal, hasta que sea capaz de desarrollar un
sentido de confianza en el futuro. El terapeuta anima al
paciente a aceptar gradualmente responsabilidades nuevas y a
desarrollar un sentimiento de autonomía. Para poder realizar
una terapia de duelo, el terapeuta debe sentirse cómodo a la
hora de tratar los temas relacionados con la muerte y el hecho
de morirse, y debe ser capaz de manejar las intensas
reacciones emocionales que puede sufrir el paciente, tales
como tristeza, enfado, culpabilidad y autodenigración.
Además, la terapia del duelo exige un papel activo del
terapeuta, que debe participar en el proceso de toma de
decisiones del paciente, especialmente en aquellas que le
conduzcan hacia su independencia. Las
terapias de duelo no han de ser necesariamente individuales;
también resulta efectiva el consejo en grupo. Los grupos de
autoayuda pueden ser útiles en ciertas circunstancias.
Alrededor del 30% de los viudos y viudas manifiestan que se
aislaron de sus amigos, abandonaron su vida social y, por
ello, experimentaron fuertes sentimientos de aislamiento y
soledad. Los grupos de autoayuda proporcionan compañía,
contactos sociales y apoyo emocional; a veces permiten a sus
miembros que se reincorporen a la sociedad de un modo
positivo. La
atención del duelo y la terapia son especialmente eficaces
con viudos y viudas. La necesidad de este tipo de terapia
probablemente tiene su origen en la contracción actual de la
unidad familiar. Antiguamente, otros miembros de la familia
extensa eran quienes proporcionaban el apoyo emocional
necesario y lo guiaba durante la fase del duelo. |